lunes, 29 de noviembre de 2010

El fútbol y yo

Nunca me ha gustado el fútbol. No sé si por llevar la contraria o porque procuro huir de cualquier fenómeno que mueva masas en una proporción irracional. En cualquier caso, me sorprendo a mí mismo en Amman, sin nada mejor que hacer, animando al Real Madrid en un partido contra el Barcelona que sin duda hará historia. No me da pena el Real Madrid, ya que recuerdo otra ‘manita’ a la inversa allá por los años noventa, que dio mucho que hablar.

Esta vez, decido bajar al bar del hotel, siguiendo las recomendaciones de mi jefe, que me ha pedido encarecidamente que refuerce mis activos comerciales aficionándome al fútbol. Lo bueno de ser español, y del Madrid, es que uno es capaz de ocupar el 90% del tiempo de una reunión hablando de deporte rey. Los jordanos son, además, grandes aficionados, con la diferencia de que el equipo preferido es el Barcelona. Entre camisetas, banderas y cantos –en árabe, al menos-, me siento tan abrumado que hasta le veo la gracia al asunto. El Barça hace un partido de diez y el Madrid termina con un bochornoso espectáculo de empujones más arrabalero que galáctico. Eso sí, Mourinho se va a casa como si la cosa no fuera con él. Qué flema la de los entrenadores.

Así que lejos de sufrir, no puedo sino empatizar con los asistentes al evento. Al final, en vez de salir escaldado, me voy con la barriga llena, muchos amigos de esos de un par de horas y habiéndome fumado un Romeo y Julieta nº1 que me ha sentado que no veas. Si es que el deporte une.

sábado, 6 de noviembre de 2010

El pitufo catalufo


Mi ajetreada vida viajera me lleva hoy por tierra hasta Barcelona, que sin tener el componente aparentemente exótico de mis destinos habituales, he de reconocer que siempre guarda alguna que otra sorpresa. De hecho, empiezo a tener el síndrome de la persona que viaja mucho por el mundo pero que en su propio país se siente más de fuera que de dentro. Vamos, un paleto, pero internacional.

En cualquier caso, aquí me planto con unos clientes del este de Europa que son, en efecto, muy buenos clientes pero unos pésimos huéspedes (lo cual les perdono debido a la primera característica). No es de ellos de quien quiero hablar hoy, aunque bien me daría para un par de escritos de nutrido contenido.

El causante de mi inspiración es no obstante un individuo, veinteañero y de exigua estampa, que regenta una tienda de vinos en la Avenida Diagonal. Para estar ubicada en un sitio tan céntrico, me sorprende que esta tienda, llamada Vinalium, tenga un dependiente que se niega a decir una palabra en castellano, sabiendo que no todos tenemos la suerte de hablar la ilustre lengua del Mossèn Cinto. Hay que ser bastante idiota para comportarse de tal manera cuando entramos en su tienda con la idea de comprar, aunque he de reconocer que en los asuntos del corazón no se suele atender al sentido común, aunque uno sea catalán y haya dinero de por medio. Admirable actitud. No así la mía, que por no montar un pollo delante de los clientes agudicé el oído e intenté comprender todo lo que me decía el fulano. No obstante, aunque conseguimos intercambiar algunas frases en ambas lenguas, con la mejor de mis sonrisas le tuve que decir dos veces que no hablaba catalán, lo que solo consiguió que me repitiera lo mismo, pero más despacio. Todo un detalle. Creo además que no era un tema de vergüenza por no dominar el castellano, ya que este pequeño patriotero no tuvo ningún reparo en hablar un inglés de guardería con mis clientes.

Para colmo, sus recomendaciones a la hora de elegir el vino solamente pasaban del Penedés al Ampurdán, y del Montsant al Costers del Segre. Sinceramente, viéndome abocado a gastarme el dinero en esa tienda, por lo menos le tocaría un poco las pelotas yo también a él. Así que tiré para Rioja y Ribera de Duero, que para algo uno presume de español y de castellano viejo, no sin antes dejarle claro que los vinos catalanes podrán estar muy bien, pero que en lo que se refiere a tintos ganan los otros, los malos, los invasores.

Hacía años que no me pasaba algo así, aunque aquélla vez fue en lo profundo del campo gerundense. Si así se las gastan ahora también en Barcelona, habrá que salir huyendo. Con lo bonito que es Cataluña, y con la cantidad de amigos catalanes que tengo, es toda una lástima. Allá se lo coman. Eso sí, con pa amb tomàquet.

lunes, 25 de octubre de 2010

Omán y Gordos (II)

Lo que llevaba camino de convertirse en una mera anécdota parece tomar el cariz de un serio problema cuando al aterrizar en Estambul me dirijo a tomar mi vuelo de conexión con destino a Mascate. De nuevo, un Airbus 319, y de nuevo la pareja de inefables andaluces sentados a mi lado. Uno de ellos –el peor, el del peluco de oro- plantifica su maleta en el hueco exacto donde había colocado yo la mía, en el preciso momento en que la bajé un momento para coger el ordenador (no podía quedarme sin escribir esta historia). El otro, mientras, aprovecha mi momento de obnubilación para pedirme que le cambie el asiento, para que se puedan sentar juntos. Sí, señores, desde luego. Movido por mi excesiva cortesía accedo a su solicitud, y ya de paso pongo pasillo de por medio entre ellos yo.

Una vez resuelto el problema sobre por qué Bertín Osborne es un impresentable que me resulta simpático y por qué estos no me lo parecen, mi duda ahora se centra ahora en saber qué coño ha llevado a dos agarrulados pseudoburgueses del sur de España al Golfo Pérsico. No puedo ejercer la virtud de la discreción dos veces seguidas, algo además harto difícil cuando los decibelios de su voz retumban en mis todavía resacosos oídos. Y descubro, con gran sorpresa, que asisten al mismo evento al que voy yo, y sin duda se alojan en el mismo hotel. Por tanto a lo largo de la presente semana me los voy a encontrar para desayunar, a la hora del café, por la tarde y hasta cenaremos juntos al menos una vez. Me atrevería a jurar que incluso acabaré haciendo buenas migas con ellos. La pregunta es: ¿me atreveré a decirles que son un par de gañanes? Simpáticos, eso sí.

domingo, 24 de octubre de 2010

Omán y Gordos

Tras un largo período de escaso desarrollo creativo, me decido a escribir un nuevo post. Lo que me mueve esta vez, para variar, es la necesidad de expresar un sentimiento de buscada y me temo que irreparable intolerancia hacia la sola existencia de algunas personas.

Esta vez me dirijo a la capital de Omán, continuando con mi prolífica actividad comercial y procurando poner kilómetros de distancia entre la crisis que azota Europa y yo. Los estragos que los efluvios alcohólicos han hecho en mi organismo –cada día más marchito- el día anterior, hace que me limite a vegetar durante el vuelo. Sin embargo, cuál es mi sorpresa al verse mi leve aunque no por ello poco plácido letargo turbado por las incomprensibles y elevadas voces de dos andaluces paletos y ruidosos que ocupan sus asientos al lado de los míos. Decido abrir los ojos para responder a sus gritos con una mirada de fiera desaprobación y descubro un Breitling de oro y acero y 45 milímetros de mal gusto contoneándose a escasos centímetros de mis narices. El sujeto portador de tal erupción en la muñeca tiene una panza que irradia calorías, y hace que me sienta saciado y pierda mi apetito para el resto de la jornada. No parece un tipo de complexión gruesa, pero está tan gordo que va encajado en el asiento. No puedo sino cerrar los ojos de nuevo, reprochando internamente a los dos tipos que hayan activado mi actividad cerebral, aunque consciente a la vez de que gracias a su irritable presencia contribuya a no dejar caer mi escaso ingenio literario en el olvido.
Pues bien, decido ejercer la virtud de la discreción –una de mis debilidades- ayudado por su incomprensible acento y la falta de interés que me produce su fútil conversación –que si me he comprado un Porsche, que si he ganado un 24% en bolsa- y me pongo a pensar en qué diferencia verdaderamente a unas personas y otras. Estos tipos son ruidosos, fanfarrones y tienen un acento incomprensible. Sin embargo, ¿por qué me parecen tan distintos de otros andaluces que conozco? Las mismas características en unos y en otros se me antojan antitéticas, y lo que en unos me irrita en otros me despierta cierta simpatía.

Hace tiempo que dejé de sorprenderme por el hecho de tener que convivir con realidades de todo tipo y condición. Al fin y al cabo soy una persona moderna y exenta de nostalgias del pasado; el mero hecho de pensar en la hediondez que habría de sentirse en las calles de Madrid hace un par de siglos hace que me sienta tremendamente aliviado y agradecido de mi suerte.

Si tanto problema supone mi relación con el género humano lo ideal sería que viajara en Business, pensarán algunos lectores. Bien, puedo asegurar que cuando así ha sido tampoco he estado libre de tales amenazas. Y es que el pequeño precio que tenemos que pagar por vivir en el primer mundo implica que no exista una necesaria correlación entre el nivel económico y el cultural o educativo. Creo sin embargo que la gente como yo debería ser susceptible de recibir subvenciones públicas alegando hipersensibilidad social. Curiosa patología para alguien que vende cubos de basura por el mundo y a quien se presupone un alto grado de adaptabilidad. Pues sí, esa es mi eterna contradicción, debería ser rico para poder permitirme mantener alejados a los indeseables. Sin embargo, he de decir en mi favor, que no soy ningún misántropo, solamente tengo un bajo nivel de tolerancia para las cuestiones de mal gusto. Y además, con tanto Porsche, peluco de oro y demás, ¿por qué leches no van ellos en Business? Su panza se lo agradecería.

viernes, 16 de enero de 2009

Prejuicios

Leía anteayer la noticia del fallecimiento, a la edad de 93 años, de la encomiable Nancy Bird Walton, la primera mujer australiana que pilotó en vuelos comerciales. Me sorprendí a mí mismo al pensar que no tengo conciencia de haberme topado hasta ahora con una mujer piloto, y voilà, a los dos días me encuentro escribiendo estas líneas a bordo de un Saab 340 pilotado por la Srta. Hilda Röskilja, comandante en jefe de una tripulación de tres personas, incluyéndola a ella, que conduce a ocho pasajeros a lo largo de la geografía escandinava. La Srta. Röskilja, cuyo apellido se pronuncia como "rosquilla", y que es a un tiempo sueca y danesa -como no podía ser de otra forma-, cruza con pericia el azul celeste a la velocidad que le permiten los dos motores helicoidales y tremendamente ruidosos del aparato de factoría nórdica. Éste, que por su nombre podría ser la versión tuning del Saab 95 Aero, apenas se diferencia de sus hermanos terrestres salvo por las alas, ya que en tamaño rivalizan sin que exista un claro vencedor.
La Srta. Röskilja, que nos lleva de Copenhague a Örebro haciendo parada en Linköping -quien sabe si para ir a las rebajas-, me hace sentir como un niño cuya madre lleva al colegio junto a sus hermanos y a los hijos de un par de vecinas. Es decir, bien. No jugamos ni cantamos durante el viaje, pero tomamos café y leemos el periódico -salvo un servidor, que por no entender sueco se limita a escribir esto-.

De verdad que estoy orgulloso de ser español, pero ¿de verdad es incompatible con este tipo de cosas? Lástima de superpoblación...

martes, 13 de enero de 2009

Todas las búlgaras sois iguales


Lo que podría ser el título de una obra dirigida por el homólogo tracio del Arcipreste de Hita no es sino la evidencia de que, de vez en cuando, las generalizaciones no son tan desacertadas. Me cuenta mi amigo Opacuco, amigo y residente en Bulgaria, que lo ha dejado con su novia. La razón no es otra que a ella le gusta más la pasta que a un tonto un lápiz, y mi amigo se acaba de quedar sin curro.

No quiero, empero, que se malentienda el título del post. A lo largo de mi corta vida he conocido –de forma superficial pero suficiente para esta apreciación inexacta- a numerosas miembras del país balcánico, y siendo justo diré que los colores son muy variados. Así pues, partiendo de que hay chicas búlgaras muy majas y recatadas, igual que hay españoles altos, rubios y metrosexuales, también existe el topicazo que hoy traigo a colación.

Por primera vez me encuentro a Opacuco triste y compungido. Opacuco, que sin ser rubio es alto y profundamente metrosexual, tiene entre su haber cerca de tres centenares de chicas oriundas de esta noble tierra que han pasado por su cama desde poco antes de la última ampliación de la Unión Europea. Aunque al engorde de este fértil currículum renunció en un arrebato de amor durante algunos meses, el desengaño ha venido a llamar a su puerta. De pronto ha caído en la cuenta de que el imán que atraía a tan variado elenco de féminas no lo tenía entre las piernas sino en el bolsillo de la chaqueta. Lo cual no tiene nada de injusto, ya que lo que Opacuco busca en una chica, sea del lugar que sea, no es ni una conversación muy fluida ni entereza moral. Sin embargo, parece que últimamente había encontrado una estabilidad que no andaba buscando.

Lejos de amedrentarse, Opacuco ha decidido convertir una amenaza en una oportunidad, y en vez de volver a su España natal ha decidido montárselo por su cuenta. Esto no quiere decir que vaya a sustituir los cariños a que está acostumbrado por un pelador de nabos para marineros. En vez de eso, va a poner un gimnasio para mujeres. Vamos, como meterse en la boca del lobo.
De momento ha cobrado el finiquito, ha cambiado su coche por un billete de tranvía, ha alquilado un local y ha barrido la chorboagenda de su móvil de arriba abajo haciendo clientas para su cruzada empresarial. A día de hoy ya tiene una cartera de trescientas forofas que si Jerjes I levantara la cabeza la batalla de las Termópilas hubiera sido muy distinta. Vamos, que el éxito está asegurado. Mi única duda es de qué van a hablar las susodichas cuando estén curtiéndose el lomo en la romana. Quién sabe, tal vez terminen amotinándose y confinando a Opacuco al purgatorio de la sauna finlandesa. Una pena.

lunes, 6 de octubre de 2008

Cooked in Spain

Entre las muchas tonterías que puede cometer el ser humano se encuentra la de ir a un restaurante español en Finlandia, especialmente cuando uno es oriundo de la tierra que vio nacer a Joselito. Aun así, muchas veces la curiosidad puede más que el sentido común, y he aquí el caso que nos ocupa hoy. Diré para mi defensa que el restaurante en cuestión, de nombre el Sevilla, no como la ciudad sino como el cantante de los “Mojinos Escozíos”, se halla en el hotel donde me alojo, así que no he danzado por Helsinki en su busca, cual Indiana Jones postmoderno en busca del MacDonalds perdido o del Hard Rock de rigor.

En el Sevilla, cualquier parecido con la cocina española es pura coincidencia. Lo que más familiar me sonaba era la voz de Paulina Rubio saliendo de los altavoces, que tiene de español a Colate y poco más. Para colmo el camarero me recomienda un vino argentino. Anda majo –le digo-, tráete un Sangre de Toro que más vale lo malo conocido.

Tras echar un vistazo a la carta y toparme con nombres de lo más chirriante –“café matador”, "café señorita"- mi menú comienza –no puede ser de otra forma- con unas “tapas” (me encanta cómo dicen “tapas” los guiris). Las “tapas” en Finlandia deben de ser la versión española de los rollitos de primavera en el resto del mundo. A saber: un mini plato de ensalada de tomate y un kilo de cebolla encima, aliñado con aceite de girasol; un trozo de ladrillo que llaman “tortilla”, sin duda cocinada con el mismo aceite, y cubierto –sin exagerar un ápice- de cerca de dos docenas de dientes de ajo enteros; por último, unas alcachofas con dos lonchas de jamón (¿…?). Éste no es sino una especie de jamón de Parma, seco, magro y sin vetas, justo al contrario de cómo ha de ser un jamón de verdad. Inciso: cuando oigo a los catalanes hablar de su pernil, me lo imagino así, por muy iberic que sea. Cosas de la ignorancia y de la falta de urbanidad.

Sin embargo lo más gracioso llegó cuando, al son de unos mariachis, me traen un plato de supuestas albóndigas ensartadas en un pincho moruno y con todo tipo de accesorios alrededor. Un plato de lo más pintón, que diría mi jefe, pero que de español no tiene ni un pelo. Si esto es lo que pone José Andrés en su garito de Washington le auguro un futuro de lo más incierto. Por cierto que recientemente me comentaba Flavia que deberíamos poner un restaurante español en algún país escandinavo, concretamente en Noruega. Empiezo a pensar que no sería mala idea.

Yo, por si acaso, he decidido adelantar un día mi vuelta a la oficina. Un compañero de Extremadura va a celebrar uno de sus éxitos abriendo un jamón de su tierra. De los de verdad.

viernes, 19 de septiembre de 2008

De relojes y pelucos


Desde hace algún tiempo se ha despertado en mí cierto interés por el mundo de los relojes, cosa absurda en alguien que lleva la hora diez minutos adelantada y aún así tiene por costumbre llegar media hora tarde a todos los sitios. Me he dado cuenta también de que es una afición que dista mucho de ser barata, al igual que los automóviles, si bien la diferencia es que en aquéllos existe una alternativa mucho más económica y también ilegal, como es la de las réplicas. Según creo también es posible obtener un coche con la carrocería de un Ferrari y a la décima parte de su valor, aunque luego solamente tenga 60 caballos. Y si no, que le den un poco de tiempo a los chinos. Dentro de poco todos podremos aparcar en la puerta de Gabana con un Maranello y tirarle las llaves al capullo de la puerta: todo un gustazo.

Volviendo al tema de los relojes, hay que distinguir entre un reloj propiamente dicho y un peluco. El reloj da la hora, de forma más o menos elegante, ya sea automática o de cuarzo. El peluco limpia, fija y da esplendor, y ya de paso la hora, so riesgo de parecer un hortera de bolera.

Lo cierto es que hay gente que se deja una pasta en pelucos. Hoy mismo venía en el avión sentado con dos pimpollos de treinta y tantos. A mi derecha, un Bigger Bang de Hublot. A mi izquierda, un IWC Portuguese –que no es un peluco, sino todo lo contrario-. Precioso. No hay ni que decir hacia dónde se me iban los ojos, aunque en este caso no era donde quería yo mirar. El IWC lo tenía demasiado lejos, y el fulano del Hublot me estaba poniendo su mano izquierda en la cara, pasillo entre medias incluido. Así que mi gozo en un pozo. 48 mm. de diámetro en plenas narices. Todo un peluco. Está claro que hay gente que disfruta enseñando lo grande y hermoso que se traen entre manos, como un velado reflejo del tamaño de algún otro apéndice. Me viene a la cabeza mi compañero de trabajo J.B., que tiende a nutrir su colección de réplicas de lo más imposibles aprovechando la habitual saga-fuga del morito de turno cuando le enseña una placa de policía ajena. Vamos, un número.

Al igual que con los coches, el mundillo de los relojes atrae por igual a gente de lo más dispar. J.B. se los compra –bueno, o se los apropia- de palo, pero, si tuviera pasta, el Tag Heuer SLR que se marca últimamente sería auténtico. Mi consuelo es que siempre habrá cosas que a los catetos no les guste, siempre y cuando no se pongan de moda. Aunque también pensaba que el mundo de la automoción estaba también a salvo de horteras y otra gente de mal vivir, y el día que vi en un videoclip a Jennifer López con un Aston Martin se me cayó el mito. Está claro que con pasta se consigue desprestigiar todo, por mucho que digan que Jesulín no se pudo comprar un Ferrari.

Así que lo mejor es pasar desapercibido. Siempre he pensado que es más fino no tener dinero que tenerlo, o desde luego que tenerlo y enseñárselo a todo el mundo. Yo, por si acaso, he decidido quitarme mi Breitling Made in Shanghai y enfundarme de nuevo mi Swatch de plasticorro con Corto Maltés a la cabeza. “¿Quién es ese marinero maricón?” – me preguntan algunos. Con un poco de suerte nunca llegarán a saberlo.

martes, 11 de marzo de 2008

¡Una moleskine, quiero!


Me cuenta mi amigo Porthos que se ha comprado una moleskine. Como además es muy fino y no sabe italiano la llama “moleskain”. Yo, que nunca he tenido una, me he conformado hasta ahora con escribir mis notas en el reverso de las tarjetas de visita, en los márgenes de mi agenda de trabajo o, como mucho, en los cuadernitos que tomo prestados en los hoteles. Pero está claro que las necesidades se las crea uno: ayer mismo venía pensando en lo árido del concepto mientras leía un reportaje sobre los decrecientes y cada vez más impopulares hammams que quedan en El Cairo, y voilà, primera nota que podía haber apuntado en mi moleskine. Si tuviera una, claro. Así que, dejando el confort de la sala vip del aeropuerto, me dirijo presto en busca de tan preciado artículo. Como si eso me fuera a hacer descubrir la nueva teoría de la relatividad -que no del relativismo, que de ésas tengo varias- o hiciera más glamouroso mi trabajo. Pero nada. Tan moderna que es nuestra T-4 y no tienen ningún sitio donde adquirir una moleskine. En su lugar sufro la siguiente conversación con la cajera de la librería:

-Hola, buenos días. Estoy buscando una moleskine.
-¿Una qué?
-Una moleskine.
-¿Y eso qué es?
-Un cuaderno.
-Ahí, en la estantería.
-Sí, pero esos no son moleskine.
-¿Pero qué es eso de moleskine?
-Da igual, déjelo, me llevo éste.

¿Y cómo se lo explico a la mujer? Al final opto por comprarme un cuaderno de manufactura ibérica, de los de toda la vida. Mucho más económico, eso sí. En la primera página escribo:

Tambali, Talat, Bab el Bahr, Sinaniye, El Arba, Beshtak, Bichri y Margoush.

Pero de hoy no pasa: si Porthos tiene una moleskine yo también quiero una. Dentro de poco le darán el Nobel o inventará la forma de exportar gatos a Japón sin cuarentenas portuarias, y yo no me voy a quedar atrás.

martes, 4 de marzo de 2008

La muerte de un viajante, o como hacer backpacking en traje y corbata

Existen multitud de trabajos. Y no todos son habituales o lo que podría considerarse como “políticamente correctos”. Hay paleontólogos que se pasan la vida desenterrando huesos sin llegar nunca a descubrir nada relevante, biólogos marinos que trabajan en Faunia a tiempo parcial y urólogos cuyo quehacer diario lo ocupa en gran medida el explorar el trasero de sus pacientes. El mío es, sencillamente, exportar cubos de basura, lo que supone, en boca de nuestro director comercial, “la muerte de un viajante”. Dejando de lado la dramática historia del protagonista de la novela de Arthur Miller, el caso es que mi trabajo consiste, grosso modo, en patear el mundo conocido en busca de oportunidades de negocio, o lo que es lo mismo, buscando basura que meter en dichos cubos. Visto así tiene la apariencia de ser un trabajo poco glamouroso, aunque lo cierto es que tiene su aquél. Consta además de cierta complejidad, máxime cuando uno se topa con clientes que tienen por costumbre cerrar operaciones a 230 km/h por carreteras turcas bajo amenaza de no poner las manos en el volante. Así cualquiera vende bajo precio, claro.

Esta vez, los cubos me han traído hasta Pamukkale, cuna de la civilización frigia y pueblo célebre por sus termas de aguas calcáreas, popularizado gracias a un anuncio de yogures del que nadie se acuerda. En cualquier caso siempre quise venir aquí, y más de 15 años después de saber de la existencia de esta maravilla geológica tengo la oportunidad de venir… y marcharme como vine.

Y no es que Pamukkale sea un sitio donde la gente venga a menudo (al menos no desde Madrid, sito a 4.107 km, aunque 82 de los cuales sean “por carreteras agradables” según reza la Guía Michelín). Aún así, me he propuesto volver. Cuando se lo comenté a mi jefe por teléfono no sólo no le extrañó, sino que me dijo: “¡Claro! ¿Qué quieres? ¡Estás ahí para currar, chaval!”. Una pena, la verdad.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Espaguetis en el avión


Tengo que reconocer que las líneas aéreas polacas están, de largo, entre las que mejor dan de comer a sus pasajeros. Supongo que esto se debe a que casi el 70% de sus acciones siguen perteneciendo al Tesoro Público de Polonia, que, como casi todos los órganos administrativos no tienen el incentivo empresarial para recortar sus presupuestos y mejorar con ello su productividad o, al menos, sus beneficios. Sus pasajeros se lo agradecemos.

Ayer tuve una vez más ocasión de comprobarlo: dos menús a elegir, quiche, patés... No obstante hay que aclarar que una cosa es que se coma bien, y otra muy distinta que te sirvan espaguetis con tomate. No digo que el menú tenga que ser estrictamente polaco, entiendo que una chuleta de cerdo con puré de patatas y una botella de vodka puede no ser del gusto de todo el mundo. Pero lo de los espaguetis es demasiado. Algunos viajamos por necesidad, y el hecho de aparecer en una reunión con una mancha de tomate en la camisa no es lo más adecuado.

El hecho de no contar siquiera con una solícita cuchara que ayudase al tenedor dificultaba aún más la labor, aunque si me oyeran mis ex–conquilini Fiolla y Lucilla me dirían que la cuchara no es de recibo para spaghetti de menos de 50 cm. Claro que lo de ayer de spaghetti tenía poco. Eran espaguetis.

jueves, 7 de febrero de 2008

Los finlandeses también sudan

Y huelen. Mal, quiero decir. Si no se duchan, claro. Y también pueden ser rudos hasta extremos insospechados.
He aquí el tema que traigo hoy a colación, sentado en la fila dieciséis de un repleto Airbus A-321 de Finnair con destino Helsinki. Nunca he creído ser una persona prejuiciosa, aunque mis amigos progres disfruten haciéndome creer que no es así. Reconozco no obstante que los prejuicios han limitado mi apriorística percepción de muchas realidades que, si no hubiera conocido más en profundidad posteriormente, me habrían privado de grandes amistades, argumentos y puntos de vista. En definitiva, habría perdido la oportunidad de ganar perspectiva, algo para lo que hay que estar dispuesto, ya que exige un talante dialogante y conciliador de que en situaciones cuesta armarse.
El caso es que como por influencia paterna tiendo bastante hacia el raciovitalismo, procuro empaparme de las realidades que me circundan gracias a mi trabajo. Y, la realidad que me circunda hoy, es una pareja de finlandeses enormes, amigos y residentes en algún pueblo de la costa malagueña varias semanas al semestre. La verdad es que no tengo ningún problema en viajar en turista, política inexorable de la sobria y racional empresa en la que trabajo, aunque de cuando en cuando tengo la cuestionable suerte de encontrarme sentado junto a tipos que consiguen convertir un placentero viaje de reflexión y lectura en cuatro horas de hedor intenso.

Una vez estudiada la inconveniencia de enrabietarme injustificadamente con estos tipos, mi capacidad de adaptación a entornos hostiles me recomienda los tres pasos inmediatos a seguir: quitarse la corbata, pedir tres vodkas y brindar con mis nuevos amigos: ¡KIPPIS!

miércoles, 23 de enero de 2008

Parte I: El despegue


Tengo que reconocer que cuando me enteré de que Flavia tenía un blog, me pareció algo muy freak. No entendía muy bien cómo alguien que ya es guapa de serie, inteligente y además tiene numerosos y buenos amigos, podía meterse en este mundillo virtual donde –o así pensaba yo- seguramente no hay más que adolescentes con acné que se pasan el día jugando al rol y mirando fotos guarras en internet, y cuarentones obesos ávidos lectores de cómics que viven en casa de sus padres.

No es que haya dejado de pensar así totalmente, aunque lo cierto es que aquí estoy yo escribiendo mi primer post, en un De Havilland 8-400 a hélices de camino a Vilnius, para vencer los prejuicios que tantas veces me han traicionado. ¿La razón? Acabar con el aburrimiento de tantas horas de aviones, hoteles y esperas de aeropuerto, y ejercitar un poco mis muy olvidadas dotes narrativas de mi primera juventud. En aquella época empecé escribiendo un diario por recomendación de mi madre, que pensaba que sería una buena vía de canalizar mis instintos adolescentes de una forma creativa, así como una poderosa arma de reflexión. Como siempre he sido un hijo muy obediente seguí su consejo, de lo cual no me arrepiento en absoluto, aunque ahora tenga una caja llena de cuadernos que no quiero que nadie lea bajo ningún concepto, pero que tampoco me atrevo a destruir, por eso de conservar la memoria histórica.

Así pues espero que este blog sea mi nuevo instrumento de reflexión …